MAR MONTOYA
MANIFIESTO

Soy del mar
y vine a amar.

No vine a salvarte. No vine a rescatarte. Y mucho menos vine a convertirme en alguien a quien necesites para siempre.

Soy del mar y vine a amar.

No vine a salvarte. No vine a rescatarte. Y mucho menos vine a convertirme en alguien a quien necesites para siempre.

Nadie viene a rescatarte.

Vine porque un día, en el fondo de mí misma, me di cuenta de que llevaba años teniendo razón sobre lo que me habían hecho y arruinando mi vida igual.

Cambié de ciudad, de pareja, de trabajo, de nombre y hasta de número de teléfono, buscando que algo por fin cambiara.

Y me llevaba conmigo. Siempre me llevaba conmigo.

Hice terapia. Hice cursos. Hice retiros. Fui a médicos, chamanes, coaches, sanadoras, meditaciones, ayunos, cristales, plantas. Entendí muchísimo. Y seguí repitiendo.

Hasta que un día dejé de coleccionar diagnósticos y empecé a mirar mi propia estructura.

Descubrí que la mente que me estaba explicando la vida era la misma mente que me la estaba armando.

Fotografía editorial de Mar Montoya

Descubrí que cada vez que decía «yo soy así», estaba firmando otra vez el contrato con mi historia.

Descubrí que llevaba años queriendo cambiar mi vida sin cambiar quién estaba siendo dentro de ella.

Faltaba coherencia.

Entonces bajé al cuerpo.

Al cuerpo, que no había pedido permiso para vivir en alerta durante quince años.

Al cuerpo, que reaccionaba a un mensaje, a una mirada, a un silencio como si me fueran a matar.

Al cuerpo, que era el único que estaba diciendo la verdad, mientras la cabeza seguía negociando con el pasado.

Y ahí, respirando, temblando, llorando, entrando al hielo, agarrando fuerza en tierra, aprendí lo que ningún libro me pudo explicar: que sanar no es entender. Sanar es dejar de repetir.

Fotografía editorial de Mar Montoya

Aprendí a soltar lo que ya cumplió su función.

Aprendí a nombrarme diferente sin fingir que era otra.

Aprendí a elegir en tiempo real, y no tres días después en una libreta.

Y aprendí también a construirme un altar.

Yo soy mi altar.

Yo soy la que sostiene lo que digo que soy, o soy la que lo traiciona.

Nadie más va a poder venir a hacer ese trabajo por mí.

Por eso hoy no vendo sanación eterna.

No creo en procesos infinitos que te hacen sentir que siempre te falta un poquito más para estar bien.

No creo en tener que revisar tu infancia una vez por semana durante toda tu vida.

Fotografía editorial de Mar Montoya

No creo en la industria que se sostiene de que no termines nunca de sanar.

Creo en el ciclo: liberar, reprogramar, ser.

Creo en llegar al punto en el que ya no necesitás analizar más, porque estás practicando otra cosa.

Creo en la responsabilidad radical: nadie más está adentro tuyo tomando tus decisiones.

Creo en el cuerpo, en la palabra, en la conducta y en el altar.

Y creo en vos, si estás dispuesta a dejar de tener razón sobre lo que te pasó y empezar a ser responsable de lo que vas a hacer con eso.

Suelta para Ser.

Fotografía editorial de Mar Montoya

Yo estoy de este lado, con las manos calientes, con la voz clara y con la desconfianza intacta hacia todo lo que te enseñaron a repetir sin cuestionar.

Vine a amar. Vine a incomodar. Vine a acompañarte a soltar.

Y después, a mirarte a los ojos y decirte: bueno, ahora andá y vivilo.

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